La conjura de la reina / Fragmento

Castillo de Blois, 1589.

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Los sucesos se desencadenan con el atentado fallido al almirante Coligny, cabecilla de los hugonotes establecidos en París con motivo del enlace de Margarita, hija de la reina Catalina, y el protestante Enrique de Borbón, rey de Navarra. Los hechos son atribuídos a la reina, pero todo apunta a que el autor es el duque de Guisa, uno de los nobles más poderosos que buscan el favor del desequilibrado Carlos IX, hijo de Catalina y regente del país pero por su lado también amigo personal de Coligny. La doble cara del poder y de la traición es palpable incluso en casa de los católicos Guisa, en que el mismo secretario personal del duque, Durandot, es una pieza básica del bando contrario. Él encargará a François que se ocupe de recoger un regalo destinado a la reina: un libro envenenado al estilo –como explica el autor en el epílogo– de la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa. El libro trampa es una copia de las profecías de Nostradamus, que junto a los consejos de los astrólogos, inspiraron en todo momento la vida y la actuación de la reina.

A Catalina, presionada por los Guisa, no le cuesta mucho convencer a su hijo Carlos IX que los hugonotes hurden un complot para eliminarlo, y así consigue que le delegue todas las competencias para preparar una emboscada a los jefes protestantes. La reina pone todas las cartas sobre la mesa y elabora un plan meticuloso para liquidar sólo los focos principales de la rebelión. La señal para pasar al ataque esa misma noche es clara: si el capitán de la guardia ve a la reina leyendo un libro bajo la ventana del patio tiene vía para ejecutar el plan. Catalina, indecisa hasta el último momento, no activa el detonador porque alguien se ocupa que una dama, vestida como la reina, ronde por el sitio acordado sosteniendo un libro entre las manos.

La suerte estaba echada y sólo podía esperar no perder el control de la situación, tolerante como era con todos los dogmas pero inflexible con las ambiciones políticas que llevarían a la destrucción del reino. Al final, lejos de su voluntad, la situación se desbocará y derivará en una guerra fratricida, provocada por la intervención de los Guisa y sus seguidores ávidos de venganza y de poder, que convertirán Francia en un mar de sangre.

Por su parte, François y Tinella, que se encuentran fuera de palacio al anochecer y por lo tanto no pueden ponerse a salvo, reciben los daños colaterales de la masacre. Después de tener una relación amorosa en la habitación del chico, propiedad de una viuda con un hijo, Gilles, mercenario enrolado en las tropas protestantes, François es capturado por la soldadesca y sólo la aparición a lo deus ex machina del hermano de Carlos IX, Enrique de Anjou, con quien mantuvo una relación sexual a cambio de dinero, lo libra de una muerte atroz. Tinella corre una suerte peor: los soldados de la reina entran en la casa, degollan a la viuda y violan brutalmente la muchacha hasta dejarla en estado de shock. La aparición de Gilles también es providencial. La pondrá a salvo en casa de unos amigos, y al cabo de un tiempo Tinella acabará casándose con el viejo conde de Landeperéuse. Diecisiete años después, ya viuda, acudirá con la respetuosa condición nobiliaria al palacio donde pasa las últimas horas Catalina, y tendrá ocasión de saber de aquellas dos personas que tanto había amado: François, convertido en concubino del nuevo rey Enrique de Anjou, y sin llegarla a ver, la reina, que acabará sus días lamentando la desaparición de su exsirvienta. Paradógicamente, a la muerte de Catalina, el destino pondrá en contacto a Tinella con su padre real, Antonio de Salou, capitán de la guardia de su majestad – que tuvo una relación con la madre, sirvienta que había acompañado a la reina desde su Italia natal– y que a pesar de no dar a conocer nunca su paternidad siempre se preocupó por su estado y le procuró el bienestar en su nuevo hogar lejos de la corte de Catalina.

Lorenzo de Medici – Fragmento La conjura de la reina

George Curbet Heir

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